Nos gustan las historias. Tanto que no solo las leemos, también nos las imaginamos, las vivimos y las escribimos. Porque hay cosas que solo se sienten si se escriben. Bienvenidos a los contadores de historias

lunes, 2 de marzo de 2015

EL DOCTOR DEL NORTE

¡ ATENCIÓN! RELATO NO RECOMENDADO PARA NIÑOS PEQUEÑOS O PERSONAS MUY SENSIBLES.


Cantabria. Maravillosos paisajes capaces de cautivar el alma de uno, desde el mar hasta la montaña. Desde San Vicente de la Barquera hasta Brañavieja. No hay ni un solo lugar exento de calificaciones como las que se oyen: verde, frondoso y natural.

Precisamente en una casona cercana a Brañavieja se sitúa esta historia, edificada en las faldas de las colinas y montañas que poco a poco ascienden hasta convertirse en parte de la Cordillera Cantábrica. Este caserío de estilo vasco se encuentra rodeado de árboles. Nada puede perturbar esta tranquilidad, sagrada y pacífica, excepto algo, unos gritos, unos alaridos de dolor, procedentes de la morada. En el rústico salón del caserío está el doctor Iturrioz, adulto de pelo canoso de cincuenta y muchos años, que sostiene un trapo, y este trapo está oprimiendo el cuello de un hombre, que se pone de color púrpura por momentos, al contrario que la cara del médico, que, debido al esfuerzo que realiza al ahogar al hombre, se torna roja, hasta que el individuo exhala su último aliento e Iturrioz para de asfixiarlo, sentándose en la alfombra, exhausto.

Para cualquier ser con entrañas asesinar a un igual sería horripilante. Para éste no. Para él era necesario hacerlo, y, con una expresión de frialdad reflexiona sobre los hechos que le habían llevado a cometer ese pecado.

El día que todo comenzó estaba Iturrioz viendo a su padre morir en el hospital. El hombre que le había animado a estudiar medicina fallecía no por causas naturales, sino por haber sido testigo de un ajuste de cuentas de un par de carteristas de Santander.
Aquel día, el doctor se juró que contribuiría a que esas gentes "vestigiales", como las llamaba, sirviesen para mejorar la sociedad, y así fue. Armado con una escopeta de caza consiguió capturar a los que habían herido de muerte a su padre, los encerró en una tétrica despensa subterránea de su casa, y les sometió a los más crueles experimentos para que, en vez de generar un gasto al país estando en prisiones sirviesen para sus investigaciones. Con ellos probaba gases adormecientes, pastillas que les causaban impotencia, les cortaba la cara para probar desinfectantes o antibióticos y les inyectaba enfermedades para ver cómo reaccionaban. Cuando éstos murieron del sufrimiento, Iturrioz ya secuestró a otros seres en deuda con la sociedad, asesinos, violadores...Que no habían rendido cuentas ante la justicia.
Pero llegó un momento en el que ya no mataba por investigar, sino por placer. El placer que le producía poner en práctica su enfermiza obsesión.
Pero, como se dice, no hay mal que por bien no venga, y ese día su vecino, el hombre que yacía ante él, se había pasado por su casa porque hacía tiempo que no era visto por el pueblo. El doctor se había dejado la puerta abierta y el entrometido vecino no había dudado en entrar, y cuando lo hizo , no satisfecho con haber allanado su morada, se adentró más. Los gritos de desesperación de la despensa lo atrajeron, como buen humano curioso. Cuando bajó lo vio: la imagen más deplorable jamás vista: humanos enjaulados gimiendo de dolor, sufriendo convulsiones y ataques que les impedían controlar su vejiga. Y lo vio a él: Iturrioz estaba con un cuchillo en la mano, inmóvil frente a un cadáver


El doctor ya había decidido qué iba a hacer. Iba a dejar a sus reclusos pasar hambre, y después les arrojaría el cadáver del vecino para ver cuán animales podían llegar a ser los sentimientos del hombre, y contemplar cómo practicaban el canibalismo y la necrofilia para saciar su hambre atroz.

Carlos Santolaria. 4° ESO.A

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