Nos gustan las historias. Tanto que no solo las leemos, también nos las imaginamos, las vivimos y las escribimos. Porque hay cosas que solo se sienten si se escriben. Bienvenidos a los contadores de historias

miércoles, 12 de noviembre de 2014

LAS MIRADAS DEL REY


Y cuando descubrí que todo lo perdía, sentí como alguien me acorazaba de frente, sin ninguna intención de ocultarse, su mirada tan fija que me dificultaba el parpadeo. Su acecho era claro, evidente. Me percaté de quién era, o mejor dicho, de quién no era, pues, de lo que me encontraba expuesto era de pura soledad.


El bueno de diciembre golpeaba los cristales y posaba su escarcha sobre las copas de los pinos.
Ya hacía tres meses de la muerte de mi difunto padre: El rey Herbert IV de Inglaterra, un trágico suceso que me obligó a sucederle a mis dieciséis años de edad y a coronarme como Alois I de Inglaterra. Ambos fueron hechos repentinos y chocantes, cada uno a su manera. Cuando me coronaron, palacio tenía un ambiente de sentimientos encontrados de júbilo y tristeza, supongo que era normal, ya que yo me sentía de la misma manera. Pero sin embargo, no iba a darme por vencido en elevar a la cima a nuestro reino como un ave asciende al cielo.

Me esforcé en hacer todo lo posible para hacer de mi reinado un reino ejemplar, manteniendo los buenos hacerse de que mi padre cumplió y arreglando los que él no pudo concluir. Intentando igualar la sociedad, siempre apoyándome en mis fieles ayudantes y anteriores consejeros de mi fallecido padre. Todas mis buenas intenciones fueron cuestionadas, ya que la fidelidad que tenían hacía mí cambió por una amarga y cruel traición. Para hacer de mi país un lugar mejor traté de favorecer a la gente de clase baja y de disminuir innecesarios lujos de la nobleza e iglesia. Al parecer esto ultimo no les pareció muy bien y decidieron tomar medidas contra mi campaña y mi persona. Mi círculo de fieles, que no lo eran tanto, propagaron falsos rumores sobre mí y me culparon de un delito ¡Hasta contrataron falsos testigos!
Ese día de enero, mi cabeza rodó hacia una cesta. Yo el mundo gobernaba, la gente aclamaba mi ley, los mares se alzaban a mi palabra, pero en estos momentos, nadie querría ser el rey.



Beatriz Lacueva 3°ESO. B 

No hay comentarios:

Publicar un comentario